Hot Coffee | El Cafe Caliente
Angel Ayllon

When I was a child I met Josué, a responsible and hard-working man, but with a terrible problem: he did not show his feelings to avoid looking weak to the ones around him. He had a wonderful wife, Martha, and two beautiful children.

Every morning Martha made him hot coffee just the way he liked. She, for about 50 years, worked at home with lots of love. She took care of her children until they set out on their own, she cooked the best dishes for her husband, and in her spare time, she made cakes to sell and help Josué pay some of the household expenses.

Josué had everything he needed to be happy. In fact, he was happy, and Martha was too… although a strong emptiness took refuge in her heart – her husband never gave her a sign of affection. The long-awaited phrase “My dear, I love you so much” did not reach Martha’s ears. One day, Josué woke up and the hot coffee was not on the table. Surprised, he went to the kitchen and found Martha, lying on the floor, the victim of a heart attack, and the coffee spilled and as cold as her body.

Josué fell to his knees, and although he was old, he cried like a child exclaiming, “My love, please don’t die! You don’t know how much I love you, Live so that I can show you how much I love you. I would do anything for you – I will take you for a walk, I will hold your hand and kiss you. Please come back so that I can fulfill your dreams, and I will not stop telling you for a single moment how happy you make me!” But it was all in vain. Martha was dead.

From that day on, Josué with tears in his eyes told everyone how much he missed her; how much he loved and valued everything his wife did for him. Everyone heard it, except Martha.

When I heard this story, I understood why God says: “There is a time to be silent and there is a time to speak” (Ecclesiastes 3:7)

I understood that Josué incorrectly reversed the times imposed by God. He was silent when he should have told his wife how much he loved her, and he decided to speak when Martha could no longer hear him.


De niño conocí a Josué, un hombre responsable y trabajador, pero con un terrible defecto: No mostraba sus sentimientos para no sentirse débil ante quienes lo rodeaban. Tenía a Martha una maravillosa esposa y dos bellos hijos.

Todas las mañanas Martha le hacía su café bien caliente como a él le gustaba. Ella, por cerca de 50 años trabajó con amor en su hogar. Cuido a sus hijos hasta que hicieron su vida, cocinaba los mejores platos para su esposo y en sus ratos libres hacia pasteles para venderlos y ayudar a Josué a pagar los gastos de la casa.

Josué, lo tuvo todo para ser feliz. Es más, ¡Era feliz! y posiblemente Martha también aunque un fuerte vacio se refugiaba en su corazón… Su esposo nunca le daba una muestra de afecto. La anhelada frase ¨Mi amor te amo tanto¨ no llegó a los oidos de Martha. Un día Josué se despertó y el café caliente no estaba en la mesa. Sorprendido se dirigió a la cocina y encontró a Martha, víctima de un infarto, tendida en el piso y el café esparcido, tan frío como su cuerpo.

Josué cayó de rodillas y aunque ya era viejo, lloraba como un niño exclamando: – ¡Maravilloso amor, no te mueras por favor!, ¡ No sabes cuanto te amo, Vive para demostrarte cuanto te amo, haría por tí infinidad de cosas, te llevaré a caminar, te tomaré de la mano y te besaré. ¡Vuelve por favor para cumplir tus sueños y no dejar de decirte ni un solo instante lo feliz que me haces! – Pero todo fue en vano. Martha había muerto.

Desde aquel día, Josué con lágrimas en los ojos contaba a todos cuanto extrañaba, amaba y valoraba todo lo que su esposa hizo por él. Todos lo escucharon, menos Martha.

Cuando conocí esta historia entendí porque Dios dice: ¨Hay un tiempo de callar y hay tiempo de hablar¨ (Eclesiastes 3:7)

Entendí que Josué cambió la medida de los tiempos impuesta por Dios. Mantuvo silencio cuando debía decirle a su esposa todo lo que la amaba, pero decidió a hacerlo cuando ya Martha no lo podía escuchar.